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BASILIO ALCIONE

Colones, copias y otras guerras

Redacción - Dilluns, 03 de novembre del 2014
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COACHING. Reflexiones sobre las relaciones padres-hijos.

Todos los seres humanos adquirimos, a lo largo de nuestras vidas, unos comportamientos determinados. Estos 'patrones' van siendo incorporados en nuestra rutina mental como sin darnos cuenta. Los percibimos tan poco en nosotros mismos, tenemos tan poca conciencia de ellos, que en muchas somos capaces de criticarlos cuando los vemos en otras personas e incluso pueden llegar a dañarnos.

 

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Como dice el refrán: 'vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro'. Lo que os propongo hoy, es una serie de reflexiones que llevo haciéndome ya hace un tiempo y cada día las descubro una y otra vez en la consulta.

 

Hablo frecuentemente con chicos o chicas que se quejan de que su padre o su madre 'los sacan de quicio' o que nos son capaces de soportar su comportamiento. Y es que, sin darse cuenta, cada vez que alguno de sus padres se dirige a ella o a él se disparan, es decir, sufren un secuestro emocional y ya no razonan sus palabras, ni lo que están diciendo, digamos que se activa el modo 'batalla o guerra sin cuartel'. En este estado, se desencadena una verdadera tormenta de emociones en el cerebro profundo (sistema límbico…etc.) a partir del estímulo aprendido, que en este caso es el diálogo con alguno de los padres.

 

Todos el bagaje y el historial diálogos anteriores entre estos padres e hijos, normalmente frustrantes y con final doloroso, hace que el solo estimulo de hablar ya desencadene todos estos sentimientos. Es como aprender a conducir, una vez has practicado lo suficiente, ya no se razona cada uno de los movimientos de los pies o de las manos. En este caso ocurre lo mismo, los sentimientos generados ante el estímulo prácticamente no interaccionan con la corteza cerebral, no se razonan, no se sopesan, directamente accionan el centro del habla y el resultado ya se puede intuir cual es, guerra civil. Por eso luego, con la calma, siempre viene el famoso “en realidad no pienso todo eso que te he dicho”. 

 

Es por esto, que cuando consigo intermediar, cuando consigo hablar con los dos y contrastar el comportamiento de uno y del otro, me doy cuenta de que ambas partes son prácticamente como dos gotas de agua, y que parece que se esfuercen (inconscientemente claro) en ser cada día más y más parecidos.

 

La siguiente pregunta evidente es, si son tan parecidos, porqué se enfrentan el uno con el otro cuando lo lógico es que se acoplen perfectamente como dos piezas iguales. A priori, la respuesta se camufla pero es cierto que casi siempre hay un denominador común. Y es que ese niño o niña, durante la niñez, ha tenido un comportamiento muy afín a su madre o su padre. Esto se descubre en el típico comentario de 'no sé qué le paso en la edad del pavo pero de pronto empezó a hacerme la contra y desde entonces esto es un calvario y cada día peor'.  

 

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Esto es lo que los padres me cuentan y tiene su explicación y su raíz en el propio ego. Durante el tránsito de niño a adolescente una de las cosas que primero se desarrolla es ese ego que en plena adolescencia se exhibe tanto. En estas edades todo es una competición/comparación, mis músculos y los de mi amigo, si soy más alto que tú, juego mejor al futbol que tú, mi pelo es más bonito que el tuyo, mi móvil es último modelo…etc.

 

En este tránsito de los 14 a los 26 años hay personas que ni siquiera llegan a maduran, hay personas que se quedan enganchadas en los 18 o en 16 y se quedan atrancados en una gran variedad de comportamientos emocionales no funcionales, que en la vida adulta les acarrearan dolor y frustración.

 

Pero volviendo al tema del ego, esta hiperexpresión del mismo durante la adolescencia es lo que en muchas ocasiones aleja a los hijos de los padres. Es en ese parecerse tanto donde se genera una lucha de poder, una carreara para ver quién es mejor en el mismo modelo de carácter,  en ese determinado comportamiento que el hijo ha heredado del padre o la madre y que por supuesto intenta llevar (repito lo de inconscientemente) a un nivel más alto.

 

Y claro está que el ego del padre o la madre también aflora y golpea cuando dice, 'esta es mi casa', 'esas son mis normas'. Viendo que el chaval le come el terreno, viene la respuesta de los padres comulgando con esta competitividad, aferrándose a ese comportamiento (extremadamente egocéntrico) de sentirse dueño o dueña de la casa, el o la responsables de la casa, los machos alfa.

 

Al final concluyo que sí, que los polos opuestos se atraen los polos iguales se repelen, por eso cuando alguno de nuestros hijos haya desarrollado un carácter muy afín al nuestro, bien por predisposición o por pasar mucho tiempo a nuestro lado,  deberíamos de tener una conducta de aceptación, de comprensión. Y sobre todo comprender la situación y aprovecharla. Deberíamos pensar en no rechazar automáticamente que todas esas cosas que hacen y dicen nuestros hijos y que nos molestan. No entrar automáticamente en el modo “guerra civil”.

 

Debemos razonar y darnos cuenta que la salida es aprender a pulir esos comportamientos desde una postura de compañero. Esta posición nos haría crecer mucho como personas porque nuestro hijo no es más que un reflejo de nosotros mismos. Cuando tenemos la suerte de tener un hijo/hija tan parecido a nosotros, debemos de mirarnos en ellos para ver lo que no nos gusta de nosotros, para aprender a evitarlo y a pulirlo. Evitemos guerras inútiles de ego, aprovechemos para ser más y mejores.

 

Un artículo de Basilio Alcione.

 

 

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